La exposición reúne una selección de obras de los artistas residentes en La Casa de Velázquez en torno a un tema tan universal como desconocido: la muerte.  Somos seres caducos con un tiempo limitado que condiciona de forma inevitable nuestra existencia y la forma que tenemos de proyectarnos en la vida. Disponemos de un plazo dudoso para realizar nuestros sueños y objetivos – nada puede esperar indefinidamente –, pero la parte positiva de este tiempo asignado, es que permanece vigente mientras no haya vencido.

El discurso de la muestra se articula en torno a tres posibles líneas de reflexión frente a una cuestión impenetrable. La primera, con obras de Nino Laisné, Giorgio Silvestrini, Anaïs Boudot y Nathalie Bourdreux hace hincapié en la toma de conciencia del paso del tiempo, la fragilidad humana y las exiguas distancias que nos separan de la muerte.

La segunda nos sitúa ante un fenómeno propio e inalienable que sólo podremos experimentar en el preciso momento que nos corresponda. Las piezas de Ana María Gomes, Élise Eeraerts, Keen Souhlal y Ernesto Casero ahondan en el derecho de una muerte personal que se trabaja desde uno mismo. Por último, las obras de Alejandro Ramírez, Marianne Wasowska, Baktash Sarang y Benjamin Testa abordan  situaciones o experiencias en las que se alteran las condiciones normales de funcionamiento vital, estimulando interrogantes sobre la viabilidad de una existencia digna bajo ciertas circunstancias extremas. En ocasiones la amenaza de la muerte puede ser sobrepasada por la de la vida, convirtiendo a la primera en el bálsamo más anhelado.